12 mar 2012

En este momento.

Te voy a motivar con mis alas, podremos volar de noche y de día, a mi no me hacen falta alcohol para fingir una locura, una sonrisa tuya despierta mi deseo. ¿qué haces? ¿Qué tal? ¿Qué te cuentas? esto es lo único que te puedo preguntar, pero tranquilo , mañana ya veras. Cuando nos aislábamos el uno del otro, como si no me importara tu nombre, pero era todo lo contrario, haber quien era más fuerte, pero se sabía que yo iba a perder, eramos dos celosos incomprendidos, quien sabía lo que sería lo siguiente.
...
Cuando me regalaste aquel libro y lo leíamos en el famoso ''cortao'', tú me mirabas de reojo y pasabas las hojas rozándome la mano como si lo hicieras sin querer, bromeabas con cada cosa, y querías mostrar interés con cada párrafo de ese libro. Cerraste el libro, pillándome los dedos, y se oía una carcajada tuya, luego lo guardabas en tu antigua mochila, de cuadrados negros y blancos y luego habiendo 30 grados de calor aun así en la sombra, te acercabas a mi disimuladamente. Y me contabas alguna historia tuya, yo intentaba mostrar poco interés y me mirabas con cara de hacerte enfadado, luego para ver si me importabas, me intentabas poner celosa con cualquier tontería de crías adolescentes. Al rato movías las manos y me explicabas tu jugada perfecta con los chicos del barrio. Sacabas un cigarro y tocabas mi rodilla, y movías tus gruesos dedos por mis blancas piernas, esa sensación me gustaba, y me ponía la piel de gallina, luego te pellizcaba y te empujaba riéndome de lo gracioso que estabas cuando te ponías perdida la camiseta, de cerveza. Esa camiseta me gustaba, me encantaba como le sentaba, era blanca con estampados bonitos y alegres. De momento recuerdo echarme para atrás, y empezaste a hablarme y te alterabas cuando me contabas historias, entonces yo te acariciaba el pelo y te ponía contra mi pecho para calmarte. Sonaba tu teléfono y me avisabas de que te quedaban 15 minutos para irte, entonces sin querer asustarte, mi rostro mostraba tristeza, luego llamaste y dijiste que no ibas a ir y me abrazabas y me subías encima tuyo y me besabas apasionadamente, luego me decías lugares para ir y perdernos.
Cuando querías asustarme me cogías del brazo y me apretabas fuerte y ponías cara de asustado, luego te reías seguidamente y me tirabas al suelo para estar abrazándonos, minutos y minutos.
Tardes de veranos efímeras.

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